Valores propios

¿Qué es el éxito?

Recuerdo una conversación con un amigo, una de esas personas que te desorganiza la vida para que se te organice, que me cambió el curso de mi trayectoria profesional y la idea de qué es el éxito.

En aquellos momentos yo estaba recién salidita del cobijo de la Universidad, había terminado el máster en Psicología General Sanitaria y le comentaba que no sabía qué hacer, si ponerme a estudiar el PIR o hacer un doctorado. Él, con curiosidad, me preguntó qué era lo que me llevaba a plantearme esas dos opciones. Le respondí que quería trabajar como psicóloga clínica y adentrarme en investigación hasta ser especialista en el campo que me apasiona, el trauma complejo.

Entonces, me dijo: me parece genial, pero no entiendo por qué solo barajas esos dos caminos.

Aquellas palabras supusieron un cortocircuito en la inercia que dirigía mi vida. Me di cuenta de todas aquellas elecciones prefabricadas que el sistema nos ha hecho asumir como si fueran nuestras. Una toma de decisiones que no necesariamente son malas, sino que se venden como un producto de éxito, bajo el placebo de la seguridad y la estabilidad, por no hablar del caché social.

El problema es que desde ese pretexto se va introduciendo de manera sutil el mensaje de que esos caminos son los únicos válidos, sin ser presentados como una opción más para llegar a realizar lo que se desea hacer.

Esto, además de ser totalmente clasista, pues no todo el mundo puede dedicar tiempo a una oposición ni tiene los medios para realizar un doctorado sin depender de una beca económica, tiene como consecuencia la pérdida de espíritu crítico para dilucidar qué es lo que realmente necesitamos para realizarnos como personas, el eclipse a la libertad de elección. A veces ocurre porque adentrarse en caminos conocidos nos evita tragar con el miedo a la incertidumbre, en otras ocasiones el cómo pasa, de ser un vía más de consecución, a un logro en sí mismo.

¡Qué bonito queda ser funcionaria o Doctora!

De esta manera, llegamos a perder incluso el sentido del qué en la nebulosa del cómo. Observo multitud de casos, con muchas excepciones he de decir también, en los que la persona hipoteca su tiempo a una oposición sin sopesar si cuando alcance su meta, lo que encontrará coincide con la materialización de su pasión y, de coincidir, si realmente la vida invertida, esa que no vuelve, habrá valido la pena.

No se trata de repudiar ese tipo de opciones, sino de despojarles el tinte de inercia para elegirlas desde nuestra voluntad y no desde la del sistema de producción en cadena. Y más allá, para abrir el abanico de posibilidades para la toma de decisiones que ni siquiera nos hemos planteado, para revisitar el poder de la creatividad humana y germinar lo que queremos construir desde nuestra propia soberanía.

Siguiendo con el ejemplo de la conversación con mi amigo: ¿realmente tengo que hacer una oposición o un doctorado para especializarme y atender casuísticas de trauma complejo? Estar bien formada es una responsabilidad profesional y social, pero hay más caminos para hacerlo. Los estoy caminando.

He utilizado los ejemplos de oposiciones y doctorados, en concreto en psicología, para reflejar este punto de vista desde una posición cercana, pero es algo que se podría extrapolar a multitud de ámbitos en los que es necesario un proceso de toma de decisiones, donde coexisten sus respectivas titulitis.

Si esto te ha conectado con alguna experiencia personal, intenta deshacerte de todo lo aprendido y escúchate de la forma más honesta posible:

¿Qué es para ti el éxito?

¿Lo que estás haciendo realmente te acerca?

¿De qué manera?

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